16/11/17

Poema de Susana Cabuchi


EXILIO

Al cerrar el negocio
mis padres
se sentaban en la vereda
del Panamericano
a mirar el desfile.

Mi padre sonreía
con la misma serena tristeza,
repetida,
tantos años después,
en la fila de cajones
abiertos hacia el crematorio,
más oscuro, con los párpados quietos,
entero, intacto,
              esperándome.
Así dio su perdón,
              así recibió el mío.

Acompañaba la fiesta
con la mirada suave
del que ha danzado, inocente,
sobre los barcos del exilio.

Cuando pregunté
en el Registro de su país
la íntima caligrafía
sentenciaba “desertor”.
Cómo explicar
que tenía dos años al partir,
que nunca se había ido,
que cada mañana
ascendía las calles amarillas
de Maalula
mientras levantaba las persianas.


© Susana Cabuchi

Texto de Leonardo Vinci


No sabés las veces que lloré; así te lo digo, de hombre. Me quedaban los ojos chiquitos y como florcitas de acacia. Yo casi verde en la sombra obtusa de un rincón, boqueando la geometría incoercible que la tartamudez impone a la respiración. Y el tiempo sin mensuras ni atisbo, detonaba cíclicas granadas de palabras vengativas en la boca, mientras que mis brazos eran disputados por dos potros aguerridos del color de la lluvia. No sabés cómo maldije, a nadie, al aire, al mundo mudo; y cómo detesté por primera vez cualquier sonido, tampoco quería escucharme . Me volví tosco repentinamente; entendí, asentí con la cabeza, lo rudimentario que uno puede ser. No sabés las veces que lloré, se convertía en adicción; lloraba por mí, por algo sin explicación, una canción sin palabras. Esa música, esa instancia, estaba en ese rincón junto a mi, mientras el mundo se hinchaba y crecía como un fermento que apenas podía ver; el aire se hacía opaco, niebla, pero eran los ojos, lo que uno hace con los ojos. Cuánta maldita poesía, sobre una mesa, en las botellas, andando lenta como corazón de animal dormido.

© Leonardo Vinci


Poema de Sandra "Tana" Pasquini




Debajo del vestido
llevo apretadas las siete letras de tu nombre
igual que se lleva a un muerto
bajo el peso agobiante de Febrero
te llevo anclado a la cadera
ungida tu frente con mis sales
con mi sed remota
en mi boca se agita un animal oscuro
un presagio impostado en la voz.
regurgito las palabras sobre la mesa
no se pronunciar el nombre de los días
me quedo dormida sobre los huesos de tu pecho
y sueño que han matado a alguien igual a vos
en un oscuro cuarto de hotel
me despierto creyendo
que son tus manos
las manos del muerto en mi pelo
presiento tus dedos bajo mi falda
como se presiente al ladrón
en la oscuridad agazapado
 la carne se abisma sin respuesta
los animales del miedo mastican pedazos míos
y afuera todo lo que llueve
es tu voz
contra los cristales de la casa.


© Sandra “Tana” Pasquini

Poema de Francisco José Malvárez




ESCRIBIR AHORA 

   escribir, ahora, desde abajo del golpe
y haber golpeado sin intención, por accidente o destino, es duro
y no hay cielo que quiera más que sus ojos brillantes mirándome
y pasan los desaciertos y se nublan
así andamos como dos tontos tanteando en la neblina
es duro escribir ahora…
y más me doy cuenta cuanto la necesito!!!


© Francisco José Malvárez

Poema de Claudia Tejeda


Mentira
                            
                  El Jazz pone en circulación al mundo 
                                   Ramón Gómez de la Serna                                                    
                                                                                      

Era la hora del jazz
de bajar las luces de la casa
para que brillara la música
luciérnaga gris desde el Zenith a válvulas.
Entonces la pobreza se olvidaba por los pies
y sacudía sus empeines endiablados
marcando en clave morse
un ritmo de elefantes.
La sangre soñaba un pan de colibríes
o unos zapatos de lujo
para deslizarse en los espejos del suelo.
El hombre de la silla estaba lejos
con su barba de días pero recién afeitado
el uniforme de trabajo, terciopelo en las solapas
húmedos los ojos y la reverencia
ante la trompeta de Miles.
Ella en cambio, cerraba los ojos
para que nadie viera sus sueños
las lágrimas derramadas hacia adentro
el jabón federal rascando el washboard
era percusión de libertad bajo las uñas.
La niña imitaba el codo actuado
de la muchacha melancólica en la pantalla.
El gesto obsesivo de apretar la boquilla y aspirar
desde una boca excesivamente gris.
Todo su guion era sólo un hilo de humo.
De fondo el piano afilaba unos dedos
y las siluetas se dislocaban
buscándose para bailar.
Ellos no tenían mucho
pero lo tenían todo.
Y eran negros a contraluz los tres
sonriendo en la infelicidad.

El jazz es como la poesía cuando miente
y refulgen en sus acordes
calabozos de música
que también suenan
como puentes de fuga.

© Claudia Tejeda




Poema de Daniel Quintero


Estará lloviendo en Praga ahora mismo que olvido su nombre
A esta lluvia no le rindo honores:
llueve en Praga y con la misma fe olvido su nombre.
Tengo el vuelo incierto de las tardes derribadas
como si fuera un territorio
donde no admiten viajeros empedernidos a punto de morir.
Esta ciudad será con lo último que sueñe:
hará de mis noches el deseo acostumbrado a entender
que ya la habré perdido con el primer paso.
No tengo alternativas, su carnaval será en invierno,
sus puentes aconsejándome equilibrio
y mi esperanza reducida a un disparo de cenizas
entre la máscara que llevaré para mezclarme con los otros muertos.
Será modificado su orden parental,
depuesta la herencia a muerte segura va mi bandera,
mi sangre al fin aquietada,
preñaré de viento los ritmos de su arquitectura,
mi alma levantará una pared de encierro entre tanto responso medioeval.
A sus fuentes mi destino, Praga,
que todas las coronas europeas velen su suerte,
la república de un poema acaso derrocado y este vacío con que la dejaré enamorada por el resto de sus piedras.


© Daniel Quintero

Poea de Leny Pereiro


POLIFONÍA

Hay muertos y muertos,
parece decir cada día en su agonía.
Están los que se acumulan bajo el felpudo indecente de la desidia, y están estos otros.
Estos.
Los que relumbran exangües bajo el foco impiadoso de la conveniencia.
¿Será que, por cerrar los ojos,
habremos de creer que el mundo desaparece?
¿O, tal vez, simplemente, se trate de un cerrojo atroz y desquiciado en las puertas de la ternura?
No lo sé.
Ni me importa.
Porque lo único que me importa es el dolor,
aunque ya no sepa exactamente qué decir ni cómo decirlo.

¿Saben?...
La memoria es una cosa rara.
Parece que no funciona como yo creía.
Porque el mono se ha vuelto una máquina de bites y bits entreverados.
No come. No duerme. No respira.
Sólo grita.
Grita.
Con el vacío primitivo de una lógica binaria. Con un diseño esmerado, en que principios y finales sean lo de menos.
E infectado por la idea como el mejor de los parásitos.
El más contagioso.
El más simple.
Ése que convierte el tiempo de mirar hacia arriba buscando nuestro propio espacio entre las estrellas, en el miedo por descubrir el sitio exacto en que nos sepultará el polvo.
Solos.
Individuales.
Con el felpudo escondido.
Y el foco en el lugar preciso.

Quizás, sea por eso que hay muertos y muertos.
Estos y aquellos.
En perfecta oposición.
Sin matices.
Con el diseño esmerado y binario.
Y con la memoria como corresponde.
Definitivamente convertida, en una cosa rara...


©  Leny Pereiro

14/11/17

Poema de Hugo Francisco Rivella

  

¿Qué hacer con esta rosa?

¿Qué hacer con esta rosa?  ¿Dónde ponerla ahora?
¿Si el amor se desliza por mi cuerpo y me abandona?
Hoy puedo preguntar a dios por las esferas, por el camino invisible del otoño en mis ojos, la piedra que perdura en la quietud del siglo y las fauces del tiempo midiendo mi garganta.
En la noche hay un toro deformado y ateo.

En el fondo de mí, dios sigue indeciso.



© Hugo Francisco Rivella

Poema de Inés Legarreta


Corre la línea recta
la del corazón cuando se acaba
de latir
es extraño
que siga la vida con tanto esplendor
y
me incluya


© Inés Legarreta

Poema de María Montserrat Bertran


MAREA ALTA 

Mudaré,
       como otras veces
mi piel,
        de noche
mis pisadas gruesas
                    en más diáfanas
para elevarme a tiempo
sobre las agudas cimas del humo muerte,
del desierto muerte

Qué tejido para la urdimbre
sostendrá los peces
en la marea alta de nuestro Nombre

Fruto y nido de peces,
vida para la vida,
red de redes

y milagro en la marea alta de nuestro Nombre.



© María Montserrat Bertran
Foto: jeena martin

Poema de Elena Eyheremendy



Tenue Luz

Porque ha muerto un poeta, me pregunto
de dónde cómo
podrá nacer en mí el abrazo
que arrope su Noche.

¿Podrá acaso mi voz
salir de su guarida cavernosa
para no escribir, sino más bien decir
sin nombrar la tristeza?

Mientras tanto, en mi tablilla rasa
se insinúa un inicio:
La tenue Luz que escribe ahora
es como un hilo portentoso y nimio,

pues el poema no es lo que aparece aquí ahora.
Antes es esa Flor
que se abrirá en tus ojos mañana cuando leas
y la tristeza vuelque en ellos sus precipicios inaudibles.


                          al poeta y amigo Jorge Ariel Madrazo


© Elena Eyheremendy

Poema de Claudio Portiglia


Caben tantas preguntas en una sola nube que
cuando llueve
uno teme que las verdades se derramen de golpe
y no sepa qué hacer



© Claudio Portiglia

Poema de Graciela Barbero


SED

En el destierro
la blanca sequía de mi piel
hace estragos sin la lluvia de tus manos.

El cuerpo
                abrasa
sediento
clama un rocío imposible

El fulgor de tu relámpago
roza la nube
y la lluvia es

Ávidos labios
te beben gota a gota

En cristalino abandono
el deseo eclosiona.
Pétalo de jazmín alunado



© Graciela Barbero

Poema de Teresa Gerez

  

Juego de Dominó

"Homologar lo cierto a lo perdurable 
 obligaría a santificar a las piedras" 
Santiago Kovadloff, "Ensayos de intimidad"

Amor 
   de piedra 
            piedra de David 
                    David derribando a Goliat 
                                        Goliat del tiempo 
                            tiempo de eternidades  
 eternidad de los trescientos sesenta y un segundos que estuve contigo



© Teresa Gerez

Poema de Jorge Moreno de los Santos


Oí decir a la noche:

- Yo soy la piedra,
el grito incombustible de la nada,
el despecho del diamante,
el diálogo del fuego
y la llaga invisible de las dunas.

… no temáis
soy el fósil de vuestro enojo,
la quietud desbocada de la grama,
la menstruación de las estrellas más rebeldes,
la cadencia irrespirable de la incógnita
y el testimonio mineral del olivo y las mareas.

Soy la desolación de vuestros Dioses,
un eco de inclemencias que busca su fin.

Os traigo la transparencia permeable de la alegría,
un perfume de fresnos
y de aceite de candiles,
un antiguo sonido de élitros de plata
y una oración de heno y de cañadas.

He tallado los océanos en la sombra de los días,
he cubierto las tumbas
de los héroes con la piel de los crepúsculos,
y en los crujientes bosques de mi sustancia
arden los estíos y la esperanza. 


Oí decir a la noche:
- No temáis. yo soy la piedra;
aquí reside vuestra historia,
vuestra ceniza.
                            Pero velaré vuestros sueños,
os acunaré en mis brazos de ámbar
y os llevaré a mis más dulces abismos.



© Jorge Moreno de los Santos

Poema de Teresa Vaccaro

                     

ÚLTIMO ENSAYO
                                 
                          a Rafael Vasquez.

Hoy es el último día,
de la última noche,
del último ensayo.

¿Habrá explicación para la vida,
para la bendita vida?

Las aguas giran en un reloj de desencuentro.

Los años pasan con la voz enmudecida
y la lección sin saber. 



© Teresa Vaccaro.

Poema de Estela Barrenechea


Reminiscencia 

Tus pies buscaban los míos 
rozando la lana áspera 
del porrón. 
Ningún ángel podía con nosotros. 

Para que sepas, 
la luz y el olor de la estufa de gas 
nos adormecía. Casi en sueños 
el pis abría nuestros ojos. 
Tiritando de frío, la escupidera 
era garantía cierta 
de no mojar la cama. 

Teníamos una edad desconocida 
como para caminar indiferentes 
el pasillo de las palabras. 

Dime, 
¿la luz cierta de la luna 
se deslizaba por el espejo del tocador? 
¿hacía bailar frenéticamente 
los diminutos frascos? 
Todo parecía confuso, 
imperceptible.

Hoy, nuestra voz 
cura los caminos de la infancia.




© Estela Barrenechea

Poema de Daniel Tomás Quintana


DESESPERANZA

Uno se despierta,
sale a la calle,
saluda a los vecinos,
va al trabajo, desayuna,
fuma, tose, escupe,
mira el mundo,
lee en el diario
las noticias de siempre:
fútbol, horóscopos,
mentiras de toda laya,
fraudes variopintos
y otras tropelías.
La vida se repite.
Sin embargo,
un vendaval
hace un bollo la rutina.
Un niño ahogado
en una playa,
una mujer martirizada
por las bestias,
un viejo acribillado
por las balas del frío
en los umbrales,
las esquirlas del odio
en algún rincón del mundo,
las muecas del hambre
en los huesos,
las carcajadas siniestras
de las mesas fariseas
y una turbia multitud
de etcéteras
que se clavan en el alma,
en el preciso recoveco
donde uno cobija
la esperanza.


© Daniel Tomás Quintana

11/11/17

Poema de Vanesa Almada Noguerón


apostilla

todos los vasos de la casa rebalsan,
como mi cuerpo

un traje de espejos
-o acaso esa voz, en vocativo-
bastará para sanarlo

ya corrompí los naipes,
ya volqué lenguas y estampillas encima del parqué lustrado,
de la ropa blanca,
de manteles plásticos zafios amancillados;

ya volqué perlas domésticas en suelos ajenos
 ya terminé de volcarlas

otros vendrán
bailarán en la sangre hervida de esta contraproducencia,
sospecharán que fui nombre y fuego

voy a adjetivarlo todo



© Vanesa Almada Noguerón

Poema de Dolores Etchecopar


no supo ir al paso
inhaló el peligro del rayo
que apuraba su sangre
la punta del mundo se infectó en la herida
tuvo madre breve como la sombra de un pájaro
sobre su lomo
ella le dio de comer de sus ojos
hojas mordidas por el frío
se le deshizo en la lengua
el nombre de aquel alimento
y desde entonces busca entre las piedras
la danza de sus sonidos
nunca dicha la curva
que oculta lágrimas
en lo alto de la pena
la frontera de la noche por venir
reverbera en sus patas
en el remolino de la crin
la palabra dicha


© Dolores Etchecopar

Poema de Patricio Emilio Torne



UNA VISITA A LA CASA DE MI INFANCIA

Mis amigos me empujan mi amor también empuja.
Después de forzar la puerta que estaba atada con alambres,
entramos a ese lugar donde aún hay brasas de un fuego
que alguna vez dejé encendido. La cocina
es mucho más pequeña que el tamaño adquirido con el tiempo
y cada tanto regresa con los sueños.
Huele a aceite rancio a humedad, sin embargo
no me molesta, me es familiar, siento que es el olor natural
de las cosas que fui dejando. Al fondo en el lugar del fogón
hay una chapa caída que sosiega la entrada de luz
en la tronera derribada donde Ña Felisa cocinaba al rescoldo
las batatas los choclos tiernos antes que viniese
la cocina volcán para aliviar el ajetreo.
En la estantería de obra hay botellas tarros viejos polvo
de un lugar que se va cayendo. Estas son las paredes
en las que hubiese escrito los primeros insultos,
las malas palabras que contenía ante la severidad paterna,
y ahora, como en un palimpsesto, sobre su encalado
aparecen signos de una belleza que fue imposible retener.
La mesa estaba en el centro de la habitación y allí
cabíamos todos. No recuerdo que comiésemos incómodos,
debe ser porque mis hermanos más grandes
ya habían partido y tendrían su propia cocina.
La ventanita que da a lo de doña Corina sigue
con sus vidrios intactos y aunque hay telas de arañas,
polvo, pueden verse los rastros en el marco
de su pintura verde inglés.
Cuando había tormenta me gustaba mirar los relámpagos
a través de ella hasta que mamá nos corría del lugar
alarmada por un peligro que nunca pude advertir.
Ahora en la tarde diáfana se ven las construcciones
de un terreno parcelado y los únicos rayos existentes
son esta emoción que más que iluminar perturba.
Se viaja en el tiempo y hay turbulencias
que se vuelven peligrosas, el vacío en el que se cae da vértigos.
Los brazos que me sostienen son del terreno ganado
a lo amoroso, tienen el vigor y la ternura necesarios.
De haberse mantenido en pie ya estaríamos bajo la galería,
pero ahora en el lugar hay un bananero.
Estás bien? me preguntan.
Y no es que se esté bien o se esté mal,
pasa que no se puede asimilar a la velocidad de lo imposible
todas las preguntas a cerca de lo perdido, lo ganado.
Una frustración que viene desde allá lejos en el tiempo,
y quema
como cuando en las mañanas prendíamos el fuego.


© Patricio Emilio Torne

Poema de María Marta Donnet


En este mundo 

Desde mi boca parte 

un barco que no llega                   

                hasta los pies 

una hebra de mi pubis             

                     es su ancla.

                                       A Alejandra Pizarnik



© María Marta Donnet

Poema de Gisela Galimi




Punto de vista

No tengo ilusiones.
Podrán verlo como un fracaso,
como vejez prematura,
o como la letanía
de un corazón
curado de espanto.

O entenderlo
como lo que es:
un amor
indeclinable
por las realidades.

 

© Gisela Galimi

Poema de Dardo Festino




De la vejez

Todo lo que se funda
primero vivió en la sangre

Cuando nombro tu piel
abre un cielo craquelado
que huele a naftalina

Tus deseos
remontan tortas apagadas

El corazón bombea polvo

Tus ojos
son un ferrocarril a países abandonados



© Dardo Festino

Poema de Alicia Corrado Mélin


Agosto maltrecho. 

Lo único que la asustaba
era el viento
salvo ráfagas de un vaya a saber por qué
ella brillaba desde el oro
extraído de sus palmas
                                siempre abiertas.
¡Si supiera que en estos días
no sólo los fuertes aires climáticos
devastaron su lugar!
el que abrigó de lana y sepia
hasta la caricia áspera en  ovillos secretos.
Hoy la casa está huérfana
de su perfume a jazmín.
El resto, muta en estaciones
porque yo también heredé temores
no de viento
sí, de quietud.
Su taza de té en escarcha alimonada
sus pañuelos en todos los bolsillos
¿Para qué? Si las lágrimas rumbeaban en otras texturas
Los tantos objetos, cosas, cositas, cosos
emparches para los
                              por las dudas
ahora gobernando la inacción.
El jardín amenaza enmudecer
pétalos que huyen en cámara lenta
muy lenta
durante las noches en demolición.
Fotos guardadas con cerrojo
para que el ayer no ronde
pero esté presente en el vaho
de aromas y sinsabores.
Su lápiz labial furiosamente sangre
asoma la herida
de un agosto maltrecho.
Todo tapadito
bajo mantas
y  mantras
tal vez su pacto para                  
                                     que nadie sufra
en un hoy golpeando acertijos.
Las campanadas del antiguo reloj
se detuvieron a las doce
mientras la respiración se despedía en fragmentos
por entre sus manos y las mías.
La ciudad sigue igual
como la casa
ahogada, de tanto mar
y de tanta ausencia
¿El viento?
La trae a veces
con la sonrisa mansa
parece que yá no la asusta.




© Alicia Corrado Mélin

Poema de Silvina Vuckovic


Detenerse
hasta desaparecer.
Nacer en un horizonte inmóvil.
Crecer entre los brazos del afuera.
Ser un color más, o ninguno, o todos ellos.
Escabullir la humanidad entre los tallos,
desperezarse en la tierra madre y ser o no ser
con lo que es y no es,
mitad pregunta, mitad respuesta, mitad espera,
mitad goce, mitad plenitud, mitad palabra,
mitad pasión, mitad nada.
Detenerse.



© Silvina Vuckovic